23 de julio de 2015

El azar y la escritura

Escribir ficciones es un arte que nunca sabremos el peso que tiene. Así comienzo el prólogo de Blasfemia del escriba, mi único libro de cuentos, y eso creo, con la escritura de ficción nunca se sabe. Abundan quienes te quieren cuando publicas y no faltan los que te odian por la misma causa. Un texto puede gustar a un grupo de lectores en la misma medida en que disgusta a otros tantos; y un escritor, gozar de éxito en determinado instante, para luego, con una increíble facilidad, engrosar la lista de los olvidados.
Nunca se sabe. Los cálculos matemáticos jamás funcionan en el arte de escribir. Desconfío de cualquier tipo de estadísticas cuando se trata de escritores y de sus escrituras. Esos críticos que consumen su tiempo enumerando datos y características del grupo literario que defienden, casi siempre fracasan. Cuando surge un imprevisto, cuando aparece el jovenzuelo con un texto inesperado o el escritor entrado en años que vuelve a publicar o algún desconocido, todo se viene abajo, los preceptos se vuelven vulnerables y la guía telefónica de sus apreciaciones tiene que ampliarse. El cosmos literario es así, totalmente impredecible.
Abundan casos de escritores que en vida sufrieron desprecios delirantes y cuando mueren se le erigen estatuas; otros cuyos rostros pululan en las monedas del país donde vivieron y, sin embargo, mientras escribían, jamás tuvieron un kilo en sus bolsillos (José Martí, Cesar Vallejo); algunos que con muchísima obra en su haber no dicen nada recordable y otros que con solo un par de libros nos resultan clásicos (aquí pienso en Juan Rulfo, por ejemplo).
La historia de la literatura recoge múltiples casos donde lo imprevisto toma fuerza real cuando se trata de novelas y cuentos. El propio Dostoievski, una noche, conmovió a sus amigos al leerles de un tirón Pobre Gente, su primera novela. Triste que es Rusia, le decían asombrados por la vida de los dos personajes, mientras lloraban y reían al mismo tiempo. Pudo parecer que a partir de ese instante el joven Fiodor tendría una carrera literaria en ascenso con solo ser presentado ante Belinsky, el famoso crítico de la época, pero no ocurrió así. La lógica de las matemáticas, repito, jamás funciona en los caminos del arte. Para que escribiera como un santo, para que mostrara todo su talento y demonio, a Dostoievski aún le faltaban numerosas experiencias: la cárcel, los ataques de epilepsia, el frío de Siberia, casarse con una mujer enferma, su afición al juego, al alcohol, vivir un tiempo en Baden Baden, o estar a punto de la horca y salvarse en el último instante gracias a la amnistía que ofreció el zar de Rusia.
Pero lo anterior no significa que al escritor de ficciones tenga que irle muy mal para que escriba con garra. De ninguna manera. Ejemplos que demuestran lo contrario también abundan en la historia literaria. A mi juicio, el rasero esencial del verdadero escritor radica en la sinceridad consigo mismo al emprender la obra. De muy poco sirve haber estado en cárceles o en hospitales si a un escritor lo atrapan las leyes del facilismo, la moda y el mercado, en el momento en que concibe la historia. A su vez, nada garantiza que su escritura cale hondo en los lectores, solo por proponerse esa sinceridad consigo mismo.
Las cosas, pienso, suelen ir más allá. Cada palabra, cada oración, cada párrafo, trae consigo toda la concepción del mundo del que escribe. Para él, como diría Faulkner, la suerte está echada. Por mucho que se empeñe en lograr profundidad, si no es profundo, aunque gane premios, dinero y aplausos, tarde o temprano se pondrá al descubierto. Porque además de las palabras, ese instrumento aparentemente fácil para algunos, en una buena obra influye quien la escribe, el instante en que se escribe, lo que se escribe y quienes la leen.
En esta Habana que habito hace cuarenta años, conozco colegas ansiosos por la persecución de acontecimientos nacionales de última hora para plasmarlos en sus textos. Como expertos de un periodismo de página roja salen a la calle a preguntar por historias y personajes que estremezcan para después encerrarse y escribir sin añadir ni restar la realidad. Pero sucede que en literatura la realidad que existe no es la realidad de la calle, es la realidad del texto, que ya es otra cosa. El propio Dostoievski concibió a Raskolnikov después de leer una nota en la página roja, pero estoy convencido que el personaje creado, aunque haya hecho lo mismo que el real, darle hachazos a la vieja usurera y a la pobre Elizabeta, no se parece en nada al de la crónica.
Por su parte, conozco a otros colegas que reniegan totalmente de los primeros y los denominan, de modo despectivo, escritores realistas. Para estos, actuar como oponentes ya resulta efectivo. Les parece poco serio elaborar textos que reflejen el volumen inmediato, la realidad evidente y entonces exageran para no ser confundidos. Colocan el absurdo como fórmula, acuden al enrarecimiento total y a la experimentación desmedida, invocan la inmortalidad del texto con tantos deseos que terminan frisando en el ridículo cada vez que publican un libro.
Nada, a mi juicio, hunde o salva a la literatura. Un escritor puede escribir de lo que quiera, siempre y cuando resulte, e incluso, aunque no resulte. Un escritor nunca sabe lo que pasará con él y con su obra porque el azar es una condición gravitable en la escritura. Yo mismo, en el Reparto Flores, dedicado con paciencia a tejer y destejer una novela, jamás pensé escribir esta columna, pero cuando me lo pidió la dirección de la editorial, registré en mis papeles y comprendí que desde hace mucho, sin saberlo, me he estado preparando.
Alberto Guerra Naranjo

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